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miércoles, 20 de marzo de 2024

LA NOMENKLATURA INNECESARIA

 Mucho se viene escribiendo acerca de la situación actual del país y sobre la derrota peronista y sus causas. A grosso modo podemos dividir los análisis sobre esto último en dos tipos: las miradas que ponen foco en las debilidades, errores y horrores del último gobierno de Alberto Fernández y aquellas que buscan los motivos en una crisis más a largo plazo del peronismo especialmente en su variante kirchnerista. En general las primeras privilegian la explicación centrada en la economía y las segundas en cuestiones más relacionadas con lo discursivo y la crisis de representatividad, aunque esta no es una regla de hierro. Me ubico más cerca de estas últimas pero no voy a intentar hacer un análisis completo de la situación del peronismo que ya hicieron compañeros y compañeras con mejor pluma, si no que prefiero referirme a una cuestión particular que por desviación profesional y generacional relacionaré con la historia del siglo XX. Luego de la muerte de Stalin, y especialmente después de la destitución de Nikita Kruschev en 1964, quedó a cargo de la gestión del estado en la Unión Soviética una elite de dirigentes y funcionarios administrativos que fueron conocidos como la “nomenklatura”. A diferencia de la vieja burocracia stalinista que creció a la sombra de un liderazgo personal indiscutido y que sufría una situación de inestabilidad recurrente debido a las purgas sistemáticas, esta nueva elite -conformada obviamente por miembros de aquella misma vieja burocracia- no le debía su estabilidad a nadie y se fue apropiando de la administración del estado privilegiando sobre todo su propia supervivencia, estabilidad y bienestar. El historiador Poch de Feliu menciona que esta dirigencia mantuvo la fraseología del materialismo histórico (“ismat” en su propia jerga) como una forma de identidad y de anclaje legitimador con el pasado revolucionario convirtiéndola en un conjunto de afirmaciones y reglas vacías, dogmáticas y cuasi religiosas cada vez menos relacionada con la vida de todos los días de la sociedad rusa.

Entiendo que no parezca la mejor comparación en tiempos de una derecha liberal radicalizada para la cual cualquier colectivo guiado por la solidaridad y la empatía es tildado de “comunista”. Pero estoy escribiendo para nosotros y no para ellos, y creo que la analogía sirve.

Durante los indudablemente positivos años del kirchnerismo  -la década ganada– y también en el marco de la resistencia al macrismo y en el último período de gobierno se llevó a cabo una construcción simbólica y discursiva con algunos puntos de conexión con aquella nomenklatura. Lo que la oposición llamaba despectivamente “el relato” (y que es inevitable en la acción política, especialmente al estar en el gobierno) fue convirtiéndose en una caricatura de sí mismo y, lo que es peor, en una permanente justificación -e incluso alabanza- de cuestiones que sin dudas andaban y andan mal en este bendito país. Así las cosas concebimos un discurso que comenzó a parecerse a la definición de Homero Simpson con respecto al cristianismo: todas esas reglas bonitas que no funcionan en la vida real.

Mientras tanto crecían los verdaderos “sótanos de la democracia”. Sentidos comunes que aun disfrutando de las mejoras en la vida cotidiana que brindaba el kirchnerismo recelaban de esa edulcorada manifestación de fe que generaba el discurso oficialista y que a menudo era irritante incluso para nosotros mismos. El estrepitoso fracaso macrista y la vuelta del peronismo al poder disimuló por un momento la persistente tendencia que alejaba a nuestro movimiento de la representatividad popular y que lo complicaba especialmente en términos de presencia federal. En ese contexto aquellos sentidos comunes se combinaron con el nunca faltante núcleo duro gorila y se potenciaron con los malhumores generados por la pandemia, la inflación y los hechos de corrupción que los medios multiplican hasta el infinito cuando se trata de gobiernos peronistas con la misma persistencia con la que disimulan los de otros.

Me parece que no hay forma de reconstruir la tradicional alianza del peronismo con las mayorías si no revisamos ese comportamiento nomenklatural. La postura ante la decadencia de la escuela pública me parece icónica como ejemplo. Es indispensable que aceptemos que en esta Argentina la frase de Macri sobre “caer en la educación pública” se percibe como más auténtica que la de nuestra dirigencia cuando se reivindica “hija de la escuela pública”, a la que hace rato ha renunciado a mandar a sus hijas e hijos (o en el mejor de los casos confunden con los dos o tres colegios estatales “prestigiosos” que hay en las capitales de provincia o CABA). Es cierto que “las escuelas dependen de las provincias”, es cierto que “la escuela no es una guardería”, puede ser cierto que “el docente que para está enseñando a luchar”  pero ninguna de esas frases disminuye la profunda angustia y decepción que siente una madre, un padre o una abuela al llegar al colegio y ver el cartelito que avisa que no hay clases por falta de agua, paro de auxiliares o porque la seccional roja de una de las disidencias de alguno de los múltiples sindicatos docentes marcha en solidaridad con los obreros de Cracovia. También es cierto que “la patria es el otro”, que “los números deben cerrar con la gente adentro”, que “ningún pibe nace chorro” y que “la desocupación es peor que la inflación”. Pero hasta la verdad más incontrastable se vuelve insignificante si es sentida como tapadera de problemas irresueltos.

A esta altura alguien puede preguntarse por qué hablo de “nomenklatura innecesaria” ¿Acaso puede existir una nomenklatura necesaria? No. Me refiero a que el peronismo se puso innecesariamente en ese lugar. En el afán de diferenciarse del discurso antipatria y por salir a defender este país que amamos, caímos en la trampa de hacerlo sin beneficio de inventario. Mientras que la nomenklatura soviética sí podía sentirse responsable del perfil que tenía aquel estado soviético construido casi desde cero por la revolución, en nuestro caso nos hicimos cargo  de una serie de deficiencias, decadencias e idiosincracias que no son responsabilidad nuestra, o al menos no los son exclusivamente. Por diferenciarnos de los discursos que desprecian al país casi que terminamos creyéndonos aquello de los “70 años de peronismo” que repite el gorilaje. Construimos justificaciones y endulzamos situaciones como la de la inflación, la falta de divisas, la inseguridad, los cortes, las huelgas, la falta de insumos, la corrupción, la falta de previsibilidad y la incertidumbre generalizada, todo enmarañado en una interminable, irritante y falsamente épica disputa discursiva en la que nos importó tener razón antes que triunfar y explicar más que solucionar.

Ojo, no es que crea que sea tiempo de una larga y dolorosa autocrítica. Nos tocaron momentos difíciles para gobernar y en ocasiones no estuvimos a la altura. Punto. No es tampoco un llamado a renunciar a la épica que siempre ha sido combustible de nuestras luchas. Lo que sí pienso es que nos debemos épicas concretas, creíbles y fundamentalmente enfocadas en la mejora de la calidad de vida material y espiritual de las mayorías. Hay que centrarse en lo que viene, en componer esas nuevas melodías que reclaman los tiempos, pero no hay forma de hacerlo sin tener presente los errores pasados.

Escrita para https://avionnegro.com.ar/

4/3/2024

jueves, 2 de febrero de 2023

Viejos y nuevos dilemas del federalismo argentino

 

Igual que la mayoría de los países latinoamericanos, Argentina tardó en terminar de constituirse en un Estado centralizado después de independizarse de la metrópoli. Esta “larga espera” —tal como la bautizó un historiador argentino— de aproximadamente medio siglo transcurrió en medio de enfrentamientos internos en los cuales, además de los obvios choques de intereses facciosos, se debía resolver la disputa en torno a la forma que tendría el Estado naciente. Mientras que en otras regiones de nuestra América Latina las guerras civiles enfrentaron a conservadores y liberales, en estas tierras el choque se dio entre federales y unitarios. El triunfo de los primeros terminó de dejar en claro cuáles serían los principios rectores del futuro Estado: el republicanismo, el federalismo y, aunque desagradara a muchos, la inevitable presencia plebeya de las masas.

Que estos tres principios quedaran definidos no significó, por supuesto, que el camino hacia una república federal y democrática estuviera allanado. Entre tantos otros conflictos, los dilemas en torno del federalismo fueron, y todavía son, algunas de las causas del complicado derrotero de la historia de nuestro país.

En la batalla de Pavón de 1861, el triunfo de Mitre y las huestes porteñas parecieron poner el mojón para la centralización definitiva del Estado nacional pero también erosionaron la posición de un federalismo que no había sido capaz de superar sus propias diferencias internas ni de doblegar a Buenos Aires. Sin embargo, lo que parecía un triunfo definitivo de la ciudad puerto por sobre el interior encontró los límites que surgieron esta vez desde la propia oligarquía. Tibiamente primero, bajo la presidencia de Sarmiento, y con más fuerza después con el liderazgo de Avellaneda y la constitución del Partido Autonomista Nacional, las elites provinciales fueron marcándole la cancha a la que todavía era la capital de la provincia. El triunfo militar de Roca en 1880 contra Buenos Aires terminó de fundar las bases de la república federal oligárquica. ¿De qué forma considerar un federalismo fruto del enfrentamiento de elites que muy poca consideración tenían por las voluntades populares? ¿Cómo ponderar un nacimiento sostenido por las mismas fuerzas que habían masacrado poblaciones originarias y serían las responsables de mantener el orden político oligárquico? Considerar aquellos vicios de origen nos permite preguntarnos por cuestiones que siguen vivas hasta el presente ¿El federalismo es popular o es oligárquico?¿Es democrático o contramayoritario? Es cierto que ese federalismo que originalmente nació y venció a través de las lanzas de las montoneras también fue utilizado con posterioridad para intentar cerrar el paso a las expresiones populares. Es verdad que el Senado, la más federal de las cámaras, también fue muchas veces la más conservadora y contramayoritaria. No es casual que el primero de los gobiernos populares posteriores a la constitución del Estado nacional, el de Hipólito Yrigoyen, haya buscado en la recurrente utilización de la intervención federal una forma de mantener a raya a los poderes provinciales y fortalecer de esa forma el poder que democráticamente obtuvo en 1916.

¿Cuál es la relación actual del federalismo con el movimiento nacional? El peronismo, a pesar de su estrecha relación con el Gran Buenos Aires, nació como un movimiento profundamente federal en su concepción. Pensemos simplemente en su empeño en la creación de provincias que hasta mediados del siglo XX habían sido simplemente “territorios nacionales”. Sin embargo, nos enfrentamos a cierto sentido común —no totalmente desconectado de la realidad— que lo fue ubicando como una fuerza encajonada cada vez más en los límites del populoso conurbano bonaerense. Las disputas de 2008 por la 125 terminaron de profundizar y  consolidar esta idea. Y si hablamos de paradojas del federalismo, no podemos dejar de mencionar que en aquella oportunidad la ciudad de Buenos Aires se mostró al frente de esa movida pretendidamente federal. Aunque la ciudad de Buenos Aires no siempre fue antiperonista y en los primeros años del peronismo formó parte del sólido apoyo electoral hacia el general Perón que provenía de lo que hoy llamaríamos el AMBA. Lo cierto es que después del golpe del 55 y la proscripción, la ciudad se tornó en lo que es hoy: un bastión del antiperonismo. Hoy por hoy no hay voto más ideológico que el de CABA en Argentina. Alcanza con presentar credenciales de gorilismo rancio y demostrarse capaz de construir desde ese lugar privilegiado una alternativa efectiva al peronismo para que el electorado porteño brinde sin dudar su apoyo en las urnas. No importa si la ciudad más rica de América Latina desatiende la salud y la educación públicas ni que derrumbe su patrimonio edilicio para posibilitar los negocios inmobiliarios de durlock, no importa que cambie una y mil veces baldosas en perfecto estado para mantener los negocios de algunos pocos vivos. Mientras se mantenga como trinchera contra el peronismo, todo vale.

¿Es posible salir de este laberinto por arriba? Sería bueno encontrar en la actual disputa contra la ciudad de Buenos Aires por la coparticipación, la oportunidad de refundar un movimiento de alcance verdaderamente nacional que termine definitivamente de amalgamar aquel proyecto popular, democrático y federal. Es cierto que el peronismo nunca dejó de ganar elecciones en las provincias, pero como bien viene demostrando el radicalismo, eso no necesariamente alcanza para plantar un proyecto nacional. La tarea no es simple, pero emprenderla le vendría bien a un peronismo cuya relación con lo popular y lo electoral se presenta problemática como pocas veces.

Escrito para Avion Negro 9/1/2023

https://avionnegro.com.ar/contextos/viejos-y-nuevos-dilemas-del-federalismo-argentino/ 

martes, 31 de octubre de 2017

Ampliar los límites de lo posible

Néstor Kirchner asumió en medio de una de las peores crisis que vivió nuestro país, con escasos votos y con el desafío autoimpuesto de darle a su presidencia una impronta propia
Algunos de los logros de su presidencia son, aun hoy, hitos inolvidables del período kirchnerista. Es imposible no mencionar aquellos que iniciaron el desandar de la impunidad de los crímenes del terrorismo de Estado, como los cuadros descolgados y la nulidad de los indultos y las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, que permitieron volver a caminar el sendero de la Verdad, la Memoria y la Justicia. También los relacionados con la integración con la América Latina que comenzaba a vivir su renacer populista y el histórico NO al ALCA, así como el desendeudamiento y la consiguiente liberación de las ortodoxas tutelas del FMI.
Otros logros, como el de la obsesiva libretita y los superavits gemelos, aunque menos épicos fueron fundamentales para construir ese país normal qué solía mencionar, en el que descendieron contundentemente los números de la pobreza, la indigencia y el desempleo.
Para mi generación, la que terminó la escuela primaria en plena transición democrática a principios de los años ochenta, significó además una experiencia novedosa. Crecimos acostumbrados a que las voces oficiales sólo comunicaran malas nuevas. Salvo en aquel efímero momento de la primavera alfonsinista, escuchamos siempre a presidentes que se despacharon con deprimentes anuncios de economía de guerra, privatizaciones, olvidos, megacanjes y recortes –por no mencionar las aterradoras Cadenas Nacionales que la dictadura propalaba en nuestra infancia-.
Con Néstor Kirchner fue diferente. En él encontramos un líder que volvía a operar sobre la realidad, sin ser arrastrado como una hoja al viento por las aparentemente ineludibles reglas de la economía de mercado y del mundo nuevo nacido al calor de la globalización y la caída del muro. Néstor ampliaba los límites de lo posible, y eso no era poco para quienes habíamos crecido en un escenario de realpolitik y decepción. Para aquellos que además somos peronistas, significaba asistir a un proceso de inclusión, solidaridad y keynesianismo, que sólo habíamos conocido por libros o cuentos de Unidad Básica. Todo esto protagonizado, además, por una amplia alianza social que aunaba a la clase obrera con las nuevas organizaciones sociales, y a lo más rancio de la tradición justicialista con sectores del progresismo vernáculo, en vibrante clave movimientista que, por si fuera poco, parecía replicarse a lo largo de la Patria Grande.
Hoy recordamos un nuevo aniversario de la partida de Néstor Carlos Kirchner, en tiempos de retrocesos, de egoísmos y odios, en los que aquel “Nunca Menos” del poeta aparezca tal vez como demasiado optimista. Sin embargo, mantenemos algo invaluable: la experiencia y el legado de su liderazgo transformador y la esperanza de que su inspiración nos permita volver a estar a la altura.

 Para Diagonales.com
http://www.diagonales.com/contenido/ampliar-los-lmites-de-lo-posible/6400

miércoles, 26 de febrero de 2014

Diagnóstico

-Que hacés nene, ¿como la ves?
-Y está difícil, ¿no?
-Esto es por no profundizar...por no ir al hueso. Era tiempo de ponerse los pantalones largos y enfrentar al capital concentrado...
-Y bueno...
- Sacarse de encima a los burócratas y a los barones. Yo justo el otro día le decía al Vasco...
-Uyyy, el Vasco, ese gordo chanta... te acordás cuando estaba en la lista con ustedes?
-Si...todavía está.
-¿Cómo que está?...me cansé de escucharte decir que no era confiable, que era un sorete reaccionario...
-...lo sigue siendo.
-...que dudabas si no se estaba quedando con guita... que había que echarlo a la mierda...
-Si...habría que echarlo a la mierda...
-¿¿Y??
-... es que nunca nos dio la correlación de fuerzas.

lunes, 17 de octubre de 2011

La lealtad plebeya

El peronismo siempre fue complicado de comprender, para propios, pero sobre todo para extraños.
A menudo, la forma que encontraron los extraños para procesarlo fue la negación y la estigmatización.
Desde aquel título del diario Crítica del 17 de octubre que hablaba de “grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino” la estrategia fue ningunerar y/o estereotipar.
Así es como, desde aquel momento hasta nuestros días, la madera del parquet inevitablemente termina alimentando el fuego del asado, las movilizaciones son motorizadas por el choripán y el arreo de indigentes, los millones de votos son producto del clientelismo y la ignorancia, y los trabajadores se dejan representar por mafiosos que reíte de Don Corleone.
Pareciera que en lugar de estar refiriéndose a uno de los movimientos políticos más importantes y duraderos de occidente, estuvieran contando la trama de una leyenda urbana.
Lo mismo pasa con la lealtad peronista. La presentan como un disvalor casi medieval, como si fuera la relación feudal entre el siervo de la gleba y el señor, jerárquica y unidireccional, donde uno manda y el otro obedece. Anacrónica, indigna e irracional.
Se equivocan. La lealtad peronista es una lealtad plebeya. Es una lealtad fuerte, pero no es incondicional. Está basada, como el viejo imperio Inca, en la reciprocidad y en la redistribución. Reciprocidad y redistribución pero no sólo de objetos materiales y cargos, como repite el sentido común de medio pelo, también de ideas, ideales, reconocimientos, responsabilidades, ejemplos y valores.
Es sobre todas las cosas una lealtad exigente, a menudo hinchapelotas para el que está arriba, porque sabe que debe cumplir para merecerla y que si la descuida, hasta el último orejón del tarro le puede organizar una agrupación aparte, presentar una candidatura molesta o simplemente irse a la mierda.
Ojo, mi intención no es idealizarla. Es una lealtad “humana” que sabe de flaquezas y dudas, de desorientaciones y lagunas. Es uno de esos atributos difíciles de aprehender para cabezas simplificadoras, racionalizadoras y esquemáticas pero que en sus mejores momentos es capaz de construir poder popular, como pocas experiencias conocidas. Compañeros: a disfrutarla, a cuidarla y a honrarla. Feliz día de la Lealtad. 

sábado, 1 de octubre de 2011

Aforismo

Después de mucho tiempo de andar perdidos y a pata, logramos
construir una motoneta. Modesta y con defectos, pero que por fin parece llevarnos hacia un lugar mejor.

Dice el neoliberal: “Es cara y anticuada”

Dice el conservador: “Es peligrosa y no permite que tengamos
los pies sobre la tierra”

Dice el trotskista: “No existe en comparación de mis planes
de teletransportación”

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mundo de amigos

Alberto, Mario y Juan, son amigos desde hace tiempo. Sus tópicos de discusión siempre han girado en torno a temas muy importantes.

El lunes, Mario pidió un americano cortado, Alberto y Juan un capucchino cada uno.

-Con la revolución cultural- dijo Juan – Mao admitió que los cambios en la estructura económica, no se reflejan mecánicamente en la superestructura.
-No importa que el gato sea blanco o negro- agregó Mario- Si no que cace ratones-
-Los chinos de la vuelta siempre tienen el yogurt cortado- completó Alberto.

El martes, Juan pidió una lágrima. Alberto un té con leche y Mario un café chico.

-El problema de occidente es que siempre vio el conflicto de Medio Oriente a la luz de la guerra fría- comentó Alberto
-Quienes creyeron en la utopía israelí, se chocaron en la realidad con un estado nación, como cualquier otro- señaló Juan
-Pensar en una Palestina Laica- terció Mario- es como soñar una Disneylandia triple X-

El miércoles Mario pidió un submarino, Juan un mate cocido y Alberto un americano solo.

Juan se despachó – el cuello de botella del capitalismo es, fue y será la dificultad de vender lo que produce-
A lo que Mario agregó – todas las crisis desde fines del siglo XIX son ejemplo de eso, he ahí la razón que lo obliga a crear necesidades artificiales-
-¿Les mostré mi magiclick con linterna?- preguntó Alberto

El jueves los tres aprovecharon la promoción del café con leche con medialunas

Mario afirmó –El imperio, en su miopía, mete en la misma bolsa al “terrorismo internacional” con los movimientos nacionales de liberación.- 
Alberto dijo – El nacionalismo árabe, solamente nos entusiasmó a los tercermundistas-
-En el barrio- interrumpió Juan- hay uno al que le dicen Bin Laden, porque se volteó a las Gemelas Torres-

El viernes, al unísono y como por arte de magia, descubrieron que los problemas del mundo estaban fuera de su alcance, que por un día el mundo sobreviviría sin ellos y tal vez ellos también sin él. Pidieron una cerveza, y se pasaron la tarde hablando de las tetas de la moza y el gol en off side de Piersimone.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Amistad militante

Mi amistad con Nacho es de esas amistades que solamente se pueden forjar a la vera de actividades absorbentes. En nuestro caso, la militancia política.
Con Nacho nos parecemos más de lo que admitiríamos, pero mucho menos de lo que piensan los otros, aquellos que a fuerza de vernos juntos habitualmente desconocen cual de nosotros es cada quien. Siempre me he jactado de ser bastante más sutil que Nacho. El flaco es muy bruto en lo que se refiere al tacto a la hora de tratar con el prójimo. Todos escuchamos alguna vez aquello de que “con ciertas cosas no se jode”… bueno, Nacho no.
En la ronda de amigos esa rusticidad no se nota demasiado, porque entre varones y con algunas copas encima no es pecado zafarse con algunas consideraciones poco decorosas respecto a la idiosincrasia femenina o, por ejemplo, con aquellas críticas hacia el estado de Israel, tan comunes dentro del ambiente Nac & Pop, que a duras penas esquivarían la denuncia de antisemitismo del INADI. Pero Nacho no hace diferencia, es capaz de repetir el remañido chiste de que alguien debería abrir en la facultad de odontología la agrupación “Doctor Barreda” tanto en la intimidad como en la reunión con la comisión de Damas del Club Regatas.
Esto que voy a contar no sucedió hace tanto. Hacía una hora que le estábamos dando vuelta a una situación sin resolverla, o “haciéndole la paja al muerto” (como en cierta oportunidad, en una reunión de estudiantes secundarios con el gobernador, mi compañero le dijo a la mujer de Cafiero, quejándose de que la ley de boleto secundario no salía).
Lo que discutíamos era un encargo directo de Fernández. Se acercaba la interna y tenía algunos problemas con la séptima sección. Fernández no está tan loco como para encargarnos la séptima a nosotros, pero había un barrio en la que la cosa estaba peluda y nos pedía una mano, lo cual confirmaba los rumores acerca de la decadencia de Fernández.
Como nosotros apenas podemos llevar a votar a nuestros familiares, caía de suyo que deberíamos recurrir a profesionales. No es que se nos fueran a caer los anillos por tratar con punteros, siempre hemos sido peronistas, y eso es algo que no cambiamos a pesar de las distintas organizaciones políticas por las que pasamos. Originalmente, como muchos militantes de clase media, empezamos en la militancia estudiantil, pero el tiempo pasa y nos vimos obligados a entrometernos en la política real.
Todavía recuerdo la larga charla de una madrugada de bolichón en la que reflexionábamos sobre la construcción social de la democracia y el lugar indispensable de los movilizadores de votantes en el marco de la sociedad de masas. En gran parte realmente creemos eso, pero en esa ocasión era sobre todo parte del autoconvencimiento necesario para nuestro debut del día siguiente en el que iríamos hasta el asentamiento con el baúl del 128 lleno de zapatillas. Aquella vez el destinatario era el cordobés, un puntero del montón, de esos que hay que juntar 50 para empezar a charlar en una interna. En realidad, para Taco (nuestro amigo especialista, del que aprendimos casi todo lo que sabemos) ese era el único tipo de punteros que contaban.-“ No le creas a nadie que te diga que tiene más de 50 votos” suele repetir todavía hoy -“Marcar padrones, marca cualquiera, el tema es quien te garantiza realmente que mueve esa gente el día del comicio” .
Aquella vez del cordobés, ví por primera vez lo que aún hoy me sigue llamando la atención. Cada vez que un auto desconocido se acerca a lo del cordobés y se estaciona en la entradita, la vecina de enfrente, una señora de unos sesenta y pico pero que, como suele pasar en los barrios, parece bastante mayor, se asoma a la ventana y, si ve que hay algún movimiento no habitual, enseguida se acerca muñida de su libreta cívica, dispuesta a votar donde el cordobés le diga. ¡Que alguien me convenza que esa muestra de lealtad hacia el “vecino – puntero”, vale menos que el voto de cualquier porteño que vota al candidato porque lo vio dos veces almorzando con Mirtha!.
A pesar de lo expuesto debo admitir que en la intimidad nos referimos a ellos, a los punteros, como “púnters”, como si a través de este falso anglicismo tomáramos distancia de la actividad clientelística (puro prejuicio pequeño burgués).
Las dudas de la jornada no tenían que ver con la disyuntiva de realizar o no el encargo de Fernández, si no con respecto a cuál de los posibles “púnters” nos podían ser útiles en la cruzada. Revisando el terreno con el flaco, acordamos que las posibilidades de la hora eran dos: o el rulo, aquel que salió por canal 26 por electrificar el perímetro de la canchita para que no se la usen los del otro barrio, o Carmen la que tiene la madre ciega que siempre le pone café al mate (porque le gusta, no porque sea ciega).
Al Rulo ya lo conocemos de tiempo. Es efectivo, pero de trato difícil. Alguna vez hemos tenido algún cruce de poca monta por unos chorizos que no llegaron a tiempo al acto en conmemoración de la victoria de Cámpora en Barrio Aeropuerto. Entre nosotros le decimos “el camello”, no sólo por su mentada relación con el tráfico de sustancias ilegales , si no más bien por su semejanza con aquel chiste del camello que repetía “ si no me chupás los huevos no sigo”. Con el Rulo uno nunca sabe las condiciones finales, si alguna vez fuera banquero, cosa que conociendo la capacidad de ascenso social que brinda la política argentina no habría que descartar, sería el rey de la letra chica. “El rulo es un viaje de ida” nos dijo Taco la primera vez que oímos hablar de él, y nuevamente la referencia era doble, pero sobretodo señalaba la dificultad de mantener con él una relación armoniosa.
Con Carmen la cosa es distinta, es una compañera con toda las letras. Manya menos la cuestión punteril, pero es mucho más confiable. Carmen viene del palo de los Derechos Humanos, incluso a partir de un primo lejano que desapareció en San Justo tuvo un breve paso por las Madres Línea Fundadora, hasta que se pudrió de las internas con la “Línea La Plata” y se fue con Hebe, (con quien duró tres días). Los votos de Carmen son menos abundantes, pero son más descansados y seguros (y la verdad que nosotros estábamos más interesados en hacer un papel decoroso que en ganar sí o sí la interna).
Luego de un breve silencio abrupto (de esos que según mi abuela si se dan “y diez” o “menos diez” marcaban la presencia de un Ángel) Nacho dijo lo que yo no me atrevía por temor a quedar como “sensiblero” : - y… vamos con Carmen-
De camino le recordé a Nacho que el humor negro no es para cualquiera, y que especialmente en este caso se abstenga de realizar la imitación de Videla diciendo “no está...no está... ni vivo ni muerto” que con dudoso gusto ensaya cada vez que a alguien se le pierde algo.
Cuando llegamos le subrayé, -Directo al grano, acordate que no tenemos tiempo, nuestro margen es bastante…esteee...bastante…-
-Holgado-, me dice
-No boludo, al revés, bastante limitado-
-No, mirá- ,me señala, -Marta Holgado-
Efectivamente saliendo de la casa de Carmen estaba la supuesta hija del general, acompañada por un chofer-guardaespaldas que hubiera jurado que era la falsa momia del programa de Mauro Viale. Nos saludaron a la pasada, se subieron al auto y partieron.
Carmen nos comentó, mate con café mediante, que no iba a poder colaborar con nosotros, que tenía una fija recontra chequeada: el ADN hecho por el FBI comprobaba que Marta era la hija de Perón, lo que la posicionaba inmejorablemente para ir por la cabeza del PJ, y ella acababa de acordar ser “su mujer” en La Plata. La escuchamos con atención, sin esbozar la menor mueca de sorna, no por respetuosos si no porque la experiencia nos enseñó a considerar hasta el más alocado de lo planes políticos. Después de una breve charla saludamos cordialmente y nos fuimos.
Al otro día arreglamos con Rulo. Perdimos igual.

domingo, 21 de agosto de 2011

Mea culpa (en ocasión de la muerte de Néstor Kirchner)

Nunca lo pude querer mucho. Siempre lo pensé más de lo que lo sentí al ex presidente.
Antes de que fuera conocido masivamente lo tenía junado desde hacía tiempo, por esa costumbre que teníamos los peronistas que sufrimos el menemismo, de estar pendientes de cada figura díscola que aparecía, con esperanza de retomar rumbos extraviados. Pero lo tenía junado como a tantos otros (todos los demás grandes o pequeños bleufs, demás está decirlo).
Me entusiasmó, lo voté, pero siempre lo pensé más de lo que lo sentí a Kirchner. Tal vez metido todavía en ese despiadado sentimiento, mezcla de escepticismo y cinismo que nos dejaron los noventa, tal vez con la dureza que generan las esperanzas decepcionadas sistemáticamente.
Lo admiré, lo apoyé y también me enojé con él, a veces con alguna justificación pero mayormente por razones absurdas. Siempre lo pensé más de lo que lo sentí a Néstor.
No me imagino como sigue esto, pero no importa, porque cada vez que me imagino, igual pasa otra cosa.
Siempre lo pensé más de lo que lo sentí al flaco… pero él siempre se salió con la suya, y ayer, al lado del dolor desconsolado de mis amigos y compañeros, pude sentirlo más que pensarlo, y lo lloré a través de ellos.

Movimientismo para principiantes

Piense en su grupo de amigos (no en sus compañeros de militancia, si es que los tiene). En aquellos que van a su cumpleaños todo los años. Imagínese encontrarse en el desafío de armonizar con ellos alguna postura cualquiera con respecto a algo.
Pero no se quede allí. Seguramente sus amigos, con alguna excepción, son hombres y mujeres que más o menos comparten con ud. su lugar de nacimiento, su status social y cierta concepción del mundo. Experimente: tome ese grupo y multiplíquelo por, digamos, 4 millones. Pero no se quede en los individuos, multiplique también situaciones. Multiplique por ejemplo tipo de pisos en las casas (¿alguna vez se preguntó por qué el censo pregunta eso?) cerámico, parquét, concreto, tierra, nylon… y ya que está multiplique ingresos por año (para arriba, pero sobre todo para abajo), niveles de educación, colores de piel, temperaturas medias, equipo de fútbol, profesión, situación familiar, edad, religión… es inimaginable hasta donde puede llegar.

Con ese universo heterogéneo, variopinto, inabarcable, imagínese el tratar de lograr miradas compatibles (no unánimes) sobre algo nimio, como por ejemplo de qué color pintar la pared de la habitación… ¿difícil,no? Ahora piense en algo un poco más complicado: elegir un tipo de calzado. ¿Zapatillas? ¿zapatos? ¿alpargatas? ¿ojotas? ¿sandalias? ¿Y de qué color? ¿cordones o no? ¿primeras marcas, segundas o imitaciones?. Hágase la idea de la interminable discusión…

Vayamos un poco más allá. Imagínese a usted mismo tratando que todo ese universo (o al menos la mayoría), consensúe (o al menos acepte), algunas pocas posiciones fundamentales acerca del destino de la patria...

Ante semejante tarea, es posible que necesite ayuda… y es muy posible que en ese momento, es decir a la hora de pedir ayuda, aquel sindicalista medio impresentable, ya no le parezca tanto, y que ese recién llegado ya no le parezca tan tilingo, y que la actriz que antes de ayer descubrió que hay pobres pueda aparecérsele como más digerible… y lo más importante, puede que ud. descubra que tampoco es ninguna joyita.

¿Lo imaginó? Ahora lo importante es que tome algunas prevenciones: nunca olvide que el objetivo es “La felicidad del pueblo y la grandeza de la patria”, y que al menos 4 de cada 5 pasos que dé, deben ir en el sentido de una patria “Libre, Justa y Soberana”.

Si ya entendió todo eso, cómase el sapo más grande, sin orgullo pero sin culpa, yo invito… y bienvenido al Movimiento Nacional.

Peronista y del siglo XXI (Herética adaptación de “Porteño y de Estudiantes” que Humberto Constantini habría perdonado)

Uno vivió humillado y ofendido,
se sintió negro, paria,
risible minoría,
adventista, croata,
o bicho raro.

Uno aguantó silencios,
miradas menemduhalde,
sonrisas alsogarays
y condolencias.
Uno sufrió, mintió,
dijo no es nada,
se congeló el amor en mas de una privatización,
honestamente quiso sacudir su carga.

Uno debió explicar con voz de tío
que había una vez un Perón,
y había una Evita,
y había una Argentina Potencia,
y había un sueño dragón y una princesa
y había un rey Movimiento Nacional.

Uno dejó colgada durante veinte años
la foto de Jauretche,
porque sí, porque bueno, por costumbre,
porque le daba no sé qué sacarla.
Y un día la sacó
como se sacan
los relojes viejos,
el diploma de sexto,
o las nostalgias
(estaba desteñida y amarilla,
y en la pared quedó como una marca
o un fantasma).

Uno se fue,
se rechifló de la política,
por despecho
se volvió criticón y sociológico;
se dedicó al latín, al mus, al fútbol,
al ajedrez, al sánscrito, a la siesta,
a la literatura, a Beethoven,
o simplemente a nada.
Y se indignó
y habló del muro de Berlín
y la transparencia
que se vacía en el vicio de los despachos.

Y aguantó como un hombre,
y vio a su hijo colgar la foto del Subcomandante Marcos
(justo en aquella marca)
y lo vio bostezar
de tanto cuento viejo y tanto Perón,
tanta caperucita y príncipe encantado
y tanto rey Peronista.

Uno vivió humillado y ofendido,
se sintió negro, paria,
risible minoría,
adventista o croata.
Entonces,
¿se dan cuenta
por qué ando así,
bastante bien últimamente,
con sonrisa de obispo
y con dos alas?